El reencuentro

De pronto, descubrió que yo le estaba observando desde la distancia y que la profundidad de mi mirada era sólo una absurda estrategia para tratar de penetrar en su interior. Naturalmente, es ridículo dar tanto poder a un par de ojos miopes, pero poco le importaba. Había advertido mi presencia y entonces empezaba a jugar con la espalda de su amante y a deslizar los dedos suavemente sobre la opaca bola de boliche. Yo seguía mirando, entre fascinado y aburrido, recordando otras veces en que la casualidad nos había colocado en el mismo espacio, reflexionando los otros instantes en que había imaginado acariciarle al parpadear. Parpadeaba y capturaba su imagen como un negativo fotográfico fugaz que se estampaba en el telón negro de mi cerebro y que alteraba mi respiración. El sonido de los impactos se hacía más fuerte. Entonces, si pretenderlo, mi cabeza también fue golpeada contra la pista y le abortó. Los recuerdos falsos, como copias piratas de mala calidad de mis amores anteriores, empezaron a desmoronarse y a desaparecer. En un viraje atroz, pensaba en él y recordaba perros muertos, edificios abandonados y estiércol. Cuando finalmente me sonrió, mirándome desde lejos, sentí deseos de vomitar. Mis pulmones se asfixiaban. Giré media vuelta y salí. Había dañado su ego con mi frialdad. Su idolatría mi odiaba. Sentí en mi espalda como sus pupilas eran imanes poderosos que querían mis vísceras. Sin quererlo, me había convertido en el enemigo de su vanidad.

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El escrutinio

Tenía la sensación de que mutaba rápidamente, justo como si esa forma en que levantaba mi ceja me delatara diciéndome “ya no es tu ceja”, y la sonrisa ligeramente ladeada fuese una especie de confirmación de la confabulación. El escrutinio había comenzado. Sentía que era quien no era y que me transformaba velozmente en la voz de mi cabeza, que me pedía sacrificios por dinero o muertes por diversión. También había una cierta obsesión con los cabellos coloridos y con los ojos melancólicos, con los amores a la distancia, que me hacían descubrir una realidad no tan evidente a simple vista: Estaba solo y envuelto en una fina capa de patetismo, como un confite que había sido dejado demasiado tiempo al calor del viento.


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Nombre: Xand
Lugar: San José, Costa Rica






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